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En México, 23.5% de los adultos no tiene cuenta bancaria, según el INEGI y la CNBV. Vivir fuera del sistema financiero tiene un costo real: pierdes ante la inflación, no construyes historial crediticio y quedas expuesto a préstamos informales con tasas que superan el 500% anual. Banco Dondé te explica cómo dar el primer paso.

Guardar el dinero "debajo del colchón" es más que una frase popular en México, porque retrata una realidad cotidiana para millones de personas.
Según la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera (ENIF) 2024, realizada por el INEGI y la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV), el 23.5% de la población adulta en México no tiene cuenta bancaria ni ningún otro producto financiero, como cuenta de ahorro, crédito, seguro o afore. Esto significa que, prácticamente, uno de cada cuatro adultos está fuera del sistema financiero.
Para muchas personas, manejar el dinero en efectivo es la opción más sencilla. Detrás de esta decisión hay razones comprensibles —desconfianza hacia las instituciones, temor a restricciones para retirar el dinero o la simple costumbre—, pero también hay costos silenciosos que no siempre son visibles.
La consecuencia más inmediata de guardar los ahorros en casa es la pérdida de poder adquisitivo. El dinero en efectivo, al no generar ningún rendimiento, pierde valor cada día por el efecto de la inflación. Si bien tener el dinero a la mano da una sensación de seguridad, financieramente implica una pérdida real de riqueza que muchas personas no dimensionan.
Mantener una parte del dinero dentro del sector financiero permite acceder a mecanismos que hacen frente a la inflación, como los CETES o las cuentas de sofipos (sociedades financieras populares) y bancos digitales, que ofrecen rendimientos de bajo riesgo. Un peso guardado bajo el colchón durante un año vale menos que un peso que generó, aunque sea, un pequeño interés.
Otro de los costos más altos de vivir fuera del sistema bancario es la imposibilidad de construir un historial crediticio. Sin él, acceder a un crédito hipotecario para comprar una casa o a un financiamiento automotriz se vuelve prácticamente imposible.
El historial crediticio es un activo que se construye con el tiempo. Cada pago puntual de una tarjeta de crédito, un crédito personal o incluso un plan de telefonía celular contribuye a formar un perfil en el buró de crédito que los bancos evalúan. Las personas que permanecen fuera del sistema no tienen cómo demostrar que son sujetos de crédito confiables, y cuando necesitan financiamiento, quedan excluidas o deben recurrir a opciones mucho más costosas.
La bancarización no solo se trata de tener una cuenta, sino de usarla activamente para generar antecedentes que abran oportunidades económicas.
Cuando se está fuera del sistema bancario y surge una necesidad urgente de dinero, las opciones se reducen drásticamente. Es entonces cuando aparecen los préstamos informales que se ofrecen como una solución fácil, sin requisitos ni avales, pero que esconden tasas de interés exorbitantes, que incluso pueden superar el 500% anual.
Estos préstamos operan con cuotas diarias o semanales que duplican o triplican la cantidad original en pocas semanas. La falta de acceso al crédito bancario formal empuja a muchas personas hacia este tipo de financiamiento que, lejos de resolver el problema, lo convierte en una deuda impagable.
Más allá de la inflación y la falta de crédito, manejar todo en efectivo tiene costos operativos que rara vez se contabilizan. Está el tiempo invertido en traslados para pagar servicios. Está el riesgo de robo o pérdida del dinero al llevarlo en la cartera. Está la dificultad de llevar un control preciso de ingresos y gastos. Y está la imposibilidad de aprovechar descuentos y promociones que solo aplican a pagos digitales o con tarjeta.
Una cuenta bancaria, en cambio, ofrece seguridad, acceso a pagos digitales, transferencias inmediatas y la posibilidad de programar ahorros automáticos. Reduce el riesgo de pérdida o robo y facilita la administración del dinero. Para quienes tienen un negocio o trabajan de manera independiente, estar bancarizado también permite cobrar electrónicamente y acceder a un ecosistema que facilita el acceso a créditos formales.
El problema de operar principalmente en efectivo no se limita a las finanzas personales. Los Censos Económicos 2024 muestran que solo el 23% de las unidades económicas urbanas reportó manejar una cuenta bancaria. Entre las micro-empresas, la proporción fue de apenas el 20%.
Además, el Banco de México ha señalado que alrededor de 4 millones de unidades económicas operan sin una cuenta bancaria asociada, lo que puede obligarlas a manejar predominantemente efectivo.
Para un pequeño negocio, contar con herramientas financieras puede facilitar el cobro, la administración de ingresos y gastos y, eventualmente, el acceso a financiamiento formal.
La buena noticia es que entrar al sistema bancario es más accesible que nunca. En México existen cuentas de ahorro sin comisiones, con montos de apertura desde $100 pesos, y aplicaciones móviles que permiten gestionar todo desde el celular. Los CETES pueden adquirirse desde $100 pesos, y las SOFIPOS reguladas ofrecen rendimientos atractivos con montos accesibles.
No se trata de abandonar el efectivo por completo, sino de complementarlo. Una estrategia práctica es mantener una parte del dinero en efectivo para gastos cotidianos y emergencias inmediatas, y trasladar los ahorros a instrumentos formales que generen rendimiento y construyan historial.
El primer paso puede ser tan sencillo como abrir una cuenta de ahorro digital, depositar una cantidad pequeña de manera recurrente y comenzar a usar la tarjeta de débito para pagos cotidianos. Con el tiempo, ese hábito se traduce en acceso a crédito, mejores condiciones financieras y un patrimonio que no pierde valor con la inflación.
La bancarización no requiere grandes sumas ni conocimientos avanzados. Solo requiere un primer paso: dejar de perder y empezar a ganar, aunque sea poco.
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