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Hay algo particular en los grandes eventos deportivos: no solo se viven, también se consumen. Desde una playera hasta un boleto para el estadio, el torneo internacional de fútbol que se celebrará en México, Estados Unidos y Canadá en 2026 ya está activando una cadena de decisiones económicas que, en muchos casos, tienen más que ver con la emoción que con la lógica. Pero en medio de ese entusiasmo surge una pregunta clave: ¿realmente vale la pena gastar en algo relacionado con el Mundial?

En un sondeo que realizamos, las respuestas dibujan un espectro amplio.
Algunas personas nos dijeron que sí planean comprar algo, aunque sea pequeño: un balón, una playera o un jersey. Otros coincidieron en que lo más accesible serían objetos como estampas, destapadores o souvenirs básicos.
En el otro extremo, las respuestas fueron claras: los boletos para los partidos son percibidos como el gasto más alto. No solo por su precio, sino por todo lo que implican: acceso, traslado, tiempo
Entre las respuestas obtenidas encontramos una constante: lo barato suele ser tangible y cotidiano; lo caro, en cambio, está vinculado a la experiencia.
Cuando se preguntó qué objeto era más valioso —el más barato o el más caro—, las respuestas no se limitaron al precio.
Algunas personas señalaron que un jersey puede tener valor porque se usa durante más tiempo. Otras consideraron que los boletos son más valiosos, precisamente porque permiten vivir el evento desde dentro.
Aquí aparece una distinción importante: no todo valor es económico.
Un souvenir puede durar años, pero una experiencia puede quedarse mucho más tiempo en la memoria.
Una de las respuestas más interesantes del sondeo sugiere otra lectura.
Alguien mencionó que las estampas podrían valer la pena “para venderlas después”. Otro habló de ediciones especiales de balones o jerseys como objetos con potencial de valor futuro.
En estos casos, el consumo deja de ser solo emocional y empieza a acercarse a una lógica de inversión, aunque sea en pequeña escala.
Sin embargo, la mayoría de las decisiones siguen moviéndose en otro terreno: el de la experiencia inmediata.
Algunas personas respondieron que sí vale la pena gastar, especialmente si se trata de algo “histórico”.
Esa palabra es clave.
Porque lo que muchas veces se compra no es el objeto, sino la posibilidad de decir: yo estuve ahí.
Frente a este tipo de decisiones, no hay una respuesta única. Pero sí hay una forma más clara de pensarlas.
Antes de gastar en cualquier producto o experiencia, vale la pena hacerse algunas preguntas:
En muchos casos, el problema no es gastar, sino hacerlo sin contexto.
Cuando el gasto está planeado, cambia por completo su significado.
Ahorrar con anticipación para una experiencia, separar el dinero destinado a consumo o incluso destinar una parte a productos con valor potencial son formas de darle estructura a decisiones que, de otro modo, serían impulsivas.
Aquí es donde herramientas financieras pueden marcar una diferencia.
Por ejemplo, apartar recursos poco a poco en esquemas de ahorro como Mi Ahorro Dondé permite prepararse para este tipo de gastos sin comprometer el flujo personal o familiar. Del mismo modo, organizar el dinero desde una cuenta como Cuenta Digital Dondé ayuda a tener mayor control sobre en qué, cómo y cuándo se gasta.
No se trata de dejar de consumir, sino de hacerlo con mayor claridad.
Si ya decidiste que vas a gastar —en un jersey, un balón o incluso en algo más grande—, hay una forma de hacerlo con un beneficio adicional.
Actualmente, Banco Dondé cuenta con Golazo Dondé, una dinámica en la que cada uso de tu cuenta puede convertirse en una oportunidad.
La lógica es simple: usar tu cuenta, ahorrar, invertir o invitar a alguien suma “goles” dentro de la promoción. Y estos “goles” pueden traducirse en recompensas como:
Es una forma de convertir el gasto —que de cualquier manera ibas a hacer— en algo más cercano a una estrategia.
Porque si el dinero ya está en movimiento, la diferencia puede estar en cómo lo usas.
Al final, la discusión no es si vale la pena comprar un balón, un jersey o un boleto.
La pregunta de fondo es otra: ¿qué estás comprando cuando decides gastar?
Para algunos, será un objeto. Para otros, una experiencia. Para muchos, una forma de pertenecer a algo más grande.
Y en todos los casos, la diferencia no la marca el precio, sino la intención detrás de la decisión.
Porque entre el souvenir más barato y el boleto más caro, lo que realmente está en juego no es el dinero, sino el significado que le damos a cómo lo usamos.
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